HUMBERTO PARRA


Humberto Parra es un torero que pinta. Por eso su obra no podía ser más que impresionista, como impresionista es la mirada del torero en la arena: esa mirada sabia y profunda que atisba y mezcla con rapidez en su retina el menor gesto o el más insospechado movimiento de un toro, de un peón de la cuadrilla, el aire de un capotazo o la colocación de un picador. Y todo a borbotones, a golpes de color y de sombra, con el matiz tembloroso de la tensión de la lidia.

Esa tensión del torero también está en la mirada de Humberto Parra, un pintor que trabaja desde la arena, que ve al toro y al torero a ras del suelo. No es la suya una mirada de espectador más o menos iniciado. Es la de un torero que más que colocado a este lado del lienzo, contempla, por ejemplo, la brava embestida del toro a caballo después de haberlo colocado con un recorte. O la del compañero que, también fuera del cuadro, mira la escena de un tercio de banderillas esperando con el capote a la salida del par.

No en vano, Humberto Parra compartió sus estudios de Bellas Artes con su carrera de novillero de clase en el Perú. E igual que tuvo que adaptarse al toro español en su día, anda ahora adaptándose a la claridad de El Puerto, donde reside, desde la tamizada luz de su Lima natal que se trajo en su paleta.

Hay en su obra genérica, menos personalizada en momentos de tal o cual figura, matices de tanto relieve estético como técnico -de técnica de toreo- que también denuncian la autoría de un matador. Sobre todo en el toro, ese toro de bravura soñada que mira descolgado y fijo al banderillero, anunciando un próximo galope de nobleza. O en el escorzo de la poderosa anatomía de un cuatreño metiendo los riñones bajo el peto, con la entrega que desearía cualquier ganadero. Y hay técnica en el andar pausado del banderillero que se enfrontila con pureza a su oponente. Y en la mano izquierda de un picador que se despega de la silla o que levanta el palo ofreciendo los pechos del caballo.

Y es que Humberto Parra torea cuando pinta, haciendo un guiño al profesional y al buen aficionado para que vean en sus cuadros no un frío y fijo momento escultórico sino una lidia total; para que se comprenda el momento, sí, pero también su antes y su después, sus porqués, en ese pintar sin pintar la arrancada lejana de un toro ya metido en el caballo, o el inmediato galope de ese burraco que adelanta el hocico ante la que será provocadora pisada del peón en el terreno oportuno.

Paco Aguado (Comentarista taurino)

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